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Vistas de Oporto
Vistas de Oporto

Había un lugar a las orillas del Duero, Oporto

Estefanía
Estefanía Oporto

No sé cuántas veces he estado ya en Oporto, tampoco sé deciros si en algún momento me cansaré de ir. La segunda casa del gallego supone una ciudad de contrastes entre arte y viticultura, estimulando nuestros sentidos en cada recoveco de la ciudad. 

Creo que nadie espera encontrarse esa joya a orillas del Duero cuando se encuentra entrando a ella por semejante autopista, sin embargo, una vez te sumerges en sus empinadas y pedregosas calles, supone un camino hermoso a la par que agotador. Quizás distritos como Boavista, más modernos y llenos de calles grandes escapan de la esencia del casco histórico de la ciudad, pero creo que si por algo visitamos Oporto es para acercarnos a Cais da Ribeira y deleitarnos con la imagen de los barcos y casas de colores, colmadas en la otra orilla por los antiguos conventos convertidos en bodegas de Vila Nova de Gaia, y es que claro, por solo un puente, pero no un puente cualquiera, encontramos dos distritos de Oporto separados.

El Puente de Don Luis no es apto para vertiginosos, al menos no en su parte más alta. Siguiendo un patrón estructural de acero similar a la Torre Eiffel, eso sí, en azul, el puente cruza el río Duero y se convierte en un icono fotográfico de la ciudad. Por arriba lo podemos cruzar caminando o en tranvía, y si eliges la primera opción, creedme, la altura es considerable, pero las vistas son impresionantes…si por el contrario elegís la zona inferior, llegaréis directos a ambas orillas del río, y podréis hacerlo en transporte público (autobús), coche o a pie. Supone la separación entre las dos zonas, una más cara y otra más económica. Si decidís escapar de la ajetreada Ribeira, podéis llegar en pocos pasos a Vila Nova de Gaia, donde los paseos en barco y las terrazas en las que tomar algo gozan de unos precios más económicos, a la vez que también gozan de las hermosas vistas a los antiguos y coloridos edificios de la orilla contraria. 

Y como no, esa es la función, llegar a una ciudad que ha crecido enormemente en estos años, y que ofrece a la par, una tranquilidad digna de disfrutar. Te encuentras en un soleado día de Semana Santa (porque sí, debe de ser cuando más vamos), tomando un vino de Oporto con su característico sabor agradable al paladar, que muchos españoles tomamos a cualquier hora, pero como te diría un buen portugués, está pensado para la sobremesa…y es así, pero somos unos rebeldes. Te sientas en una terraza, el sol acaricia tu piel y las vistas son sin duda maravillosas…la gente pasea a orillas del río buscando un buen complemento en corcho para comprar, o en su defecto, un souvenir con forma de azulejo, mientras otros están encandilados con la idea de montarse en el barco a recorrer los 7 puentes. Sí, creedme, mi opinión es que merece la pena subirse a esos barcos, con un buen día, ojeando cada centímetro de ambas orillas, maravillosas y características por diferentes cosas, mientras te relajas con la suave brisa que mueve tu cabello y disfrutas de una buena compañía…quizás sea uno de esos “typical tourist”, pero yo creo que es un placer de los muchos otros que ofrece esta ciudad, y no obstante, uno de mis mejores recuerdos. 

Bajas del barco, y decides subir una empinada cuesta de Vila Nova, ¿por qué? Pues sencillamente por el edificio que corona en esa subida, el Monasterio de la Sierra de Pilar es otro edificio emblemático, pero no os voy a vender una visita a él, para nada, os voy a vender una espectacular zona para ver la puesta de sol, desde lo alto, con el sol escapando en cada minuto que transcurre, mientras va dejando la ciudad embriagada de un inmenso color anaranjado que contrasta con toda esa vitalidad de la colorida Ribeira. Al lado del Monasterio podéis encontrar el Jardim do Morro, unos sencillos jardines que ver, y a su vez, donde podréis coger al transporte público que os llevará por encima de la estructura metálica que separa ambas partes.

Otro día ha comenzado…y sigues recorriendo, pero esta vez en la orilla de Oporto, porque si, quieres conocer más y más de esa ciudad. Te encuentras con el Mercado de Bolhao, lleno de zonas donde comprar maravilloso producto fresco, cerca de sitios geniales donde probar la típica francesinha (que a mi no me gusta especialmente), o deleitándote en una de las esquinas del mercado con la realización de pasteis de Belem en una cocina abierta de cara al escaparate, y decidir que es mejor probar que ver…aunque ninguno como los del propio Belem. Caminas y caminas, porque a pesar de lo agotador que es, es una ciudad para patear, y encuentras en una cuesta una cola inmensa…intrigado te diriges a ella, y si, en la famosa librería Lello e Irmaos. La pregunta que te planteas es, ¿merece la pena pagar por entrar? Claramente, sí. La Librería no es únicamente una atracción para los amantes de la saga de Harry Potter por la inspiración que supuso para J. K. Rowling, es un paraíso para todo aquel lector que busque entrar en un sitio peculiar, es como viajar a la biblioteca que todos querríamos tener, con libros de todas las partes del mundo, con varios idiomas y otemáticas, sencillamente maravillosa. 

No sólo es importante la librería, ésta se encuentra en un emplazamiento único y si decides subir la cuesta, la magnificencia de la fachada de azulejos de la iglesia del Carmen te embriagará, y entenderás por fin, por qué dan tanta importancia a estos cuadraditos. Si decides bajarla, la Torre de los Clérigos y la iglesia de los Clérigos son otra de las atracciones principalmente. ¿Y qué pasa si bajamos un poco más? Si decidimos que estamos cansados y lo mejor es bajar frente a subir, podemos acabar llegando por azares del destino a una de las estaciones de ferrocarril más hermosas que he visto jamás, Sao Bento. Y es que no todo en esta vida es entrar en una estación de tren para partir hacia algún sitio, a veces lo más interesante está en ella. Las recreaciones históricas que se manifiestan en las representaciones de azulejos de la estación son dignas de admiración, suponiendo una atracción más para el visitante. 

¿Os quedan ganas de más? Estoy segura de que si, y de que os podría dar un millón de referencias como callejear por Santa Catarina visitando el Café Majestic, recorrer cada centímetro del barrio de Cedofeita, y un largo etcétera. Sin embargo, os animo a que lo descubráis vosotros, os embriaguéis de cada nuevo estímulo y nos deis envidia, ¿os animáis?.

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