Micenas
Micenas

Micenas, ciudad de leyenda

Raúl
Raúl Micenas

“Púsose detrás del Pelida y le tiró de la blonda cabellera, apareciéndose a él tan sólo; de los demás, ninguno la veía. Aquiles, sorprendido, volviose y al instante conoció a Palas Atenea, cuyos ojos centelleaban de un modo terrible. Y hablando con ella, pronunció estas aladas palabras: ¿Por qué nuevamente, oh hija de Zeus, que lleva la égida, has venido? ¿Acaso para presenciar el ultraje que me infiere Agamenón Atrida?”

En estas palabras escritas por Homero en la Ilíada, y probablemente recitadas por muchos hombres antes que él, se entremezclan la realidad con la leyenda, la historia con la mitología, los hombres con los dioses. Esta obra nos relata la lucha de un pueblo, los micénicos, en su lucha por conquistar la ciudad de Troya o Ileón. ¿Pero existió esta ciudad, o es una mera fantasía donde luchan héroes del pasado con la interferencia divina?

Heinrich Schliemann, apasionado homérico, buscó hasta encontrar la ciudad de Troya en Asia Menor y emprendió campañas arqueológicas en ciudades de la cultura micénica, como Micenas o Tirinto. Así, si los lugares que Homero menciona en su obra existieron, ¿por qué no así los hombres que protagonizan la obra?

En las excavaciones que realizó Schliemann en la ciudad de Micenas descubrió una serie de tumbas reales, con máscaras funerarias de oro, y en una de ellas creyó ver al Agamenón homérico. Hoy en día podemos observar estas máscaras funerarias en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas.

Cualquiera que haya leído la Ilíada, como es mi caso, al encontrarse ante aquellas máscaras y ver el rostro del que pudo ser uno de los protagonistas de tal obra, un temblor le recorrería por la espalda. En el museo uno puede embeberse de los objetos de esta cultura que dominó Grecia entre el 1600 y 1100 a.C. muy relacionada con la cultura minoica que se desarrolló en la isla de Creta. Así en objetos micénicos, observamos la figura del toro al igual que en los objetos hallados en palacios, como el de Cnosos en la isla cretense.

Tras este recorrido por el museo ateniense, estaríamos listos para dirigirnos a la ciudad de Micenas. Allí, podemos ver la que otrora fue una de las capitales de murallas ciclópeas, llamadas así por el empleo de enormes bloques de piedra, de los micénicos. Antes de entrar en la ciudad podremos ver y entrar en el llamado Tesoro de Atreo, en honor al padre de Agamenón, una tumba tholoi construida en una colina. Estas tumbas se caracterizan por su bóveda que se construía con hiladas de piedra cada vez cerrada hasta dejar un óculo en la parte central que se solía cubrir con una losa.

Una vez admiradas estas tumbas, podremos ascender por el camino de acceso a la ciudad, para finalmente entrar en ella a través de la puerta de los leones, cuyo relieve es famoso en todo el mundo. Así entraremos en una de las ciudades más poderosas de la época, y podremos admirar todo el complejo con la curiosidad del que se pregunta si entre aquellas paredes se gestó una de las campañas bélicas más famosas de la historia.


Tras cruzar las puertas nos encontraremos en la zona escavada por Schliemann, dónde encontró las tumbas reales con las máscaras que pudimos disfrutar en Atenas.

Uno puede perderse por la ciudad recorriendo los caminos y observando el paisaje que la rodea, incluso puede darse la ocasión de sentirse como un auténtico explorador, como me sentí yo la vez que fui al encontrarme unas escaleras que se hundían en la oscuridad y únicamente con la luz del móvil adentrarme cual moderno Schliemann en los misterios que aún esconde esta maravillosa ciudad y cultura de leyenda.

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